Una Romería

Reproducimos a continuación un artículo aparecido en la revista “Vida Manchega” publicado el jueves 25 de septiembre de 1913 sobre la romería de la Virgen de los Santos de ese mismo año…

Son las tres de la mañana; el diligente y simpático alcalde don Eloy Hornero, fiel a su promesa del día anterior, llega a la hospedería donde nos alojamos y dice, a tiempo que golpea los cristales de la ventana: “Vamos, la tartana esta enganchada”

Saltamos de la cama, nos vestimos y al abrir la puerta lo primero que contemplan nuestros ojos, es un cielo cuajado de estrellas que centellean juguetonas anunciando un día espléndido.

Un fresco vientecillo, heraldo del otoño, trae a nuestros oídos chirriar de carros y tintineo de campanillas, de otros romeros que madrugaron más que nosotros.

Llega la tartana a tiempo que Lérida se lía en un tapabocas y dice que le imitemos; montamos, parte del carruaje y salimos al campo.

Camino adelante se oyen voces de romeros y un coro de romeras que entonan jotas y couplés con sus voces frescas; el paisaje es negro por la oscuridad de la noche; solo se distingue el camino blanco que se extiende largo y empinado hacia una loma entre grandes plantaciones y vídeos.

Clarea el día, el velo de la noche se aleja esfumándose por occidente, mientras que por el oriente se levantan negros nubarrones presagiando tempestad; ya se divisa la ermita sobre el elevado cerro, y a su vista, Pascual, el dueño de la hospedería y el que ha de confeccionarnos la suculenta paella, hace alarde de erudición mostrándonos propiedades y balnearios que vamos dejando atrás: San Cristóbal y la Tinajilla a la izquierda, Fuensanta y Villafranca a la derecha; todo lo describe ponderando la virtud de sus aguas y la bondad de los terrenos y después nos habla de la Virgen, de su ermita y de la Hermandad de la que fue tesorero 13 años en cuyo tiempo la cofradía adquirió las hermosas andas de plata que la imagen ostenta. Ya se distinguen los carros que van delante y caravanas de asnos y mulos que vienen detrás; el paisaje se anima con la luz y las cosas toman color y cuerpo.

Hemos llegado a la casa de los señores Hornero sita al pie del cerro donde se levanta la ermita; descendemos del carruaje y al dirigir la vista hacia el santuario nos sorprende la belleza y majestad del paisaje; el cerro cónico y sus laderas están cuajadas de encinas y almendros; de trecho en trecho grandes pedruscos que parece van a desprenderse y allá en la cúspide, entre una corona de rocas colosales, blanquea la ermita.

En la base del cono cuatro o cinco fuentes de agua riquísima forman un arroyuelo que riega la inmensa Alameda dónde habitan infinidad de ruiseñores y mil clases más de pájaros cantores que revolotean medrosos y asombrados de ver tanta gente que toma por asalto la tranquilidad de su retiro.

Por la falda del cerro se ve bullir la muchedumbre; suenan guitarras por todas partes.

Cerro arriba camino de la ermita hemos tropezado con muchos grupos de romeros que nos ofenden sus opíparos almuerzos y que, sobre periódicos por mantel y el suelo por mesa, esparcen repletas merenderas de rojas magras y doradas tortillas, sin olvidar las preñadas botas de vino que se levantan en coros ofreciéndonos el sustancioso líquido. ! Qué de gráficas se podrían sacar!

Llegando a la ermita el cerro se empina de tal modo que hay que agarrarse a las peñas y a los chaparros para sostenerse; el corazón palpita vertiginoso, la sangre se desborda, hay que entrecortar la respiración para que no anegue los pulmones y las piernas se niegan a dar un paso más. Al fin hemos llegado. !Qué hermoso panorama se extiende a nuestros pies!

En la ermita un anciano y virtuoso sacerdote desde la tribuna sagrada canta las bellezas de María y pide gracia para los devotos de suplicante acento y terminada la misa hemos pasado nuestros ojos por infinidad de cuadros que representan otros tantos milagros de la venerada imagen. Hemos visto la procesión y Enriquito ha impresionado varias placas, y como el estómago, que en campo es más exigente, nos recuerda la hora del almuerzo, corremos cerro abajo en busca de la paella que debe estar dando los últimos hervores.

Pozuelo 11 Sbre, 1913. FRANCISCO M. PATON

Author: Ayuntamiento Pozuelo de Calatrava

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